el nombre de Agustín Blázquez es, para aquellos que conocen un poco el vino que se elaboraba en Jerez en las décadas que van de los 50's a los 80's, uno de los imprescindibles, ubicándose en un Olimpo de elaboradores míticos junto a otros como Valdespino y Domecq. El hecho de que Blázquez haya desaparecido (aunque hay que aclarar que la marca desaparece del todo ya en este siglo, puesto que Domecq siguió elaborando el Fino Carta Blanca hasta tiempos recientes) no hace más que engrandecer la leyenda en torno a esta firma. A estas tres casas (hay más) las une desde luego un nexo común, tal vez el gran factor de calidad del vino de Jerez en esos años: El Pago Macharnudo y sus viñedos. De las propiedades que allí tenía Agustín Blázquez nacían algunos de sus vinos más celebrados; el Fino Amontillado Carta Blanca, los Amontillados Carta Plata y Carta Oro, y su Palo Cortado, entre otros. Respecto al Palo Cortado, la historia puede ser compleja; Su marca más famosa en esta categoría era el Palo Cortado Capuchino. Personalmente he visto botellas de los 60's a los 80's, cuando Blázquez ya era propiedad de Domecq. Curiosamente, la solera de Capuchino no se integra a fines de los 80's en otros vinos de Domecq (como si ocurre, al parecer, con otros vinos que ya no se vuelven a embotellar) y la marca se mantiene. Más tarde, al desmembramiento de las marcas de Domecq, Osborne se queda con Capuchino, y lo sigue embotellando hasta hoy. El devenir de esa solera, que se rociaba originalmente con vinos de Macharnudo, es otro cantar. En un principio, yo pensé que el Palo Cortado Superior era antepasado de ese vino. Botellas que he visto más tarde, o lotes de miniaturas, me han hecho pensar que eran dos elaboraciones paralelas. Una publicidad, teóricamente de 1925, anunciaba ya el Palo Cortado Capuchino, y no el Superior, ni tampoco otros vinos más escasos de la casa, como el Oloroso Añada 1840. Desconozco también si había alguna relación (o correlación) en las soleras de los Palos Cortados. No tengo mucha más información al respecto, como para comparar una marca con otra, aunque parece ser que el Superior era justamente... Superior, o al menos, de mayor vejez, y más escaso.
La botella
la compré hace algunos años, en una tienda de Cádiz, cuando empezaba a
profundizar en los viejos vinos de Jerez, o más bien, en los viejos
embotellados de Jerez, antes de que el interés por estos vinos se disparase y
los precios siguieran en general un aumento exponencial. Daba pena abrirla, ya
que sabía que difícilmente volvería a tener la oportunidad de comprarla, pero
una buena cata con amigos fue la ocasión.

Para empezar, el color del vino es bastante subido. Casi caoba, denotando extrema concentración y vejez, recuerda casi a un PX viejo de tan opaco, pero fluido, desde luego.
Aunque comienza tímido (y eso que había estado decantado) va expandiendo rápidamente su amplio abanico de aromas, de complejidad abrumadora. Es profundo, intenso. Las especias se agolpan por doquier, con el curry como bandera. Jengibre. Nuez moscada. ¡Acabas de entrar al gran bazar de Estambul! La madera noble y el barniz están presentes, pero son solo una nota más, no predominan nada en el conjunto. Tabaco. Los frutos secos los tienes a montones; Nueces, almendras y sobre todo avellanas, un rastro de crianza biológica que quien sabe hace cuanto ocurrió, en un vino que ya sería viejo cuando se embotelló… Hay inclusive recuerdos de frutas rojas en licor; guindas y ciruelas. Es potente, intenso, punzante… pero no cansa, embruja, atrapa; vuelves a la copa a buscar más y más, y los matices siguen apareciendo… Cardamomo. Ebanistería. Café. Seguramente si esta botella hubiese estado abierta días, en lugar de beberse en una cata, se expresaría aún mejor, con más matices, y sobre todo, con más nitidez; tantos aromas concentrados agradecen el oxígeno y el tiempo para definirse. Sólo su aroma es de absoluta meditación.
La boca es
de una concentración y sapidez brutales, salvajes. Casi cuesta acostumbrarse a
él. De hecho, durante la cata, a algunos les pareció demasiado intenso,
concentrado. Es un vino que da tan viejo, como ocurre con otros jereces muy
viejos, camina al filo del desequilibrio. Es un caballo desbocado, tan
concentrado la primera vez que te lo pones en la boca casi parece brandy. Es
más afilado que la anterior botella que probé de este vino. Si fuese un
amontillado tal vez sería demasiado extremo, pero con el cuerpo más “gordo” por
ser un palo cortado, ese volumen lo mantiene dentro de un balance inédito,
sorprendente… en boca es extremo pero a la vez redondo. Parece contradictorio
pero es así. Es esencia pura de tiza, décadas y décadas de oxidación no pueden
imponerse al alma telúrica de Macharnudo, que se prevalece más allá del tiempo
y los elementos. La permanencia del vino en boca es larguísima, y el recuerdo,
imborrable. Un vino realmente grande.
Otra botella mágica de Blázquez, y van…. 99/100









